CUIDADORA DE PACIENTES V
Uno de los casos más difíciles que me ha tocado lidiar durante mi carrera profesional es el de doña Mirian. Lo llamo un “caso difícil” por las condiciones físicas de esta queridísima paciente. Doña Mirian vive con el esposo, tienen tres hijas. Ella permanece en la cama, sin movimiento autónomo; me toca cambiarla de posición cada dos horas para que no se le vayan a hacer llagas o peladuras en la piel. Sus seres queridos más cercanos aguantan la dolorosa impotencia de no tener la manera de menguar un poco su sufrimiento físico derivado de su cruel enfermedad.
La familia dice
que doña Mirian no escucha, pero yo estoy segura de que sí escucha porque
cuando llego y saludo, ella empieza como a pujar, sin haberme visto porque ya no
ve, y apenas entro a su cuarto y la saludo, intenta hacer un esfuerzo por
sonreír; entonces le cambio el pañal y se queda totalmente tranquila.
Doña Mirian sufre un tumor cerebral y, debido a este, ya se encuentra en estado vegetativo. Ya hay que alimentarla por sonda; al igual que las medicinas, todas se muelen bien hasta pulverizarlas prácticamente, y con una jeringa con algo de agua se le dan, porque ella no puede recibirlo por su cuenta; hay que sentarla en la cama para pasarle alimentos y medicinas muy despacito porque sino le produce vómito y diarrea; este procedimiento de pasarle cualquier alimento tarda más o menos una hora y media, desayuno, almuerzo, comida, etc. Esta sonda hay que cuidarla mucho porque con un pedacito de cualquier cosa o con una pepa de alguna fruta que se le vaya, por pequeño que sea, se le obstruye.
Es muy engorroso por lo delicado. Sin contar con que durante el día hay que estarle pasando muchos medicamentos para medio ayudarle a sobrellevar los pocos restos de vida que aún le quedan. Muy doloroso ha sido el final de esta vida que, en sus últimos días, cuenta con tanto y tanto cariño por parte de su esposo e hijas. No sé antes cómo haya sido.
Yo estoy sola durante todo el día con doña Mirian porque el esposo sale a trabajar y las hijas para la universidad, por la noche me quedo a dormir donde mi tía que vive cerca a la casa donde trabajo, y el día domingo es mi descanso y me voy para mi casa en el pueblo cercano. A pesar de las angustiosas circunstancias de mi inolvidable paciente, para mí es muy satisfactorio percibir su cariño y aceptación desde el mismo día que llego a hacerme cargo de ella.
Una noche me llaman las hijas de doña Mirian porque se le ha obstruido la sonda y toca cambiarla y, claro está ellas no saben qué hacer. Esto de pasar la sonda es algo del manejo médico estrictamente, yo no sé si hoy en día el personal de auxiliares está capacitado para esto; en consecuencia, este procedimiento es algo que yo no he realizado nunca antes. Pero siempre hay una primera vez para todo en esta vida y esta vez me toca, me toca pasarle la sonda a doña Mirian. ¡Qué gran logro profesional! es esto para mí en aquel momento. Gracias a Dios le puedo pasar esa sonda yo solita. Esto significa para mí orgullo y vanidad profesional que expreso con humildad y agradecimiento.
Una noche que salgo de trabajar, tomo el bus y me voy para donde mi tía a
dormir, me desconcentro y me bajo dos cuadras antes de la llegada y me pierdo.
Estoy dos horas perdida, dando vueltas por tres mangones; no sé ni cómo llego
donde mi tía, quien ya está bastante preocupada. Por fortuna y aunque sola, puedo llegar sin
mayor contratiempo que este inconveniente.
De todas las casas en donde trabajo como cuidadora de pacientes durante treinta años más o menos, es aquí donde doña Mirian, la única parte donde no me brindan alimento alguno, ni un café, ni un jugo siquiera. Me toca salir a almorzar a la calle y llevar algún refrigerio o algún líquido que desee o acostumbre consumir. Esto es muy raro, tanto que a lo largo de mi vida laboral tan solo me sucede aquí, no sé por qué, pero esa es la norma de este hogar. La empleada de la casa para aquellos tiempos, intentaba colaborarme, pero es muy controlada; le entregan las porciones medidas y contadas según los miembros de la familia más la de la empleada.
Como a los cinco meses de estar trabajando al cuidado de doña Mirian, cambian a la empleada doméstica y entonces la señora nueva me dice:
· No mija, no salga a comprar almuerzo que yo le guardo de lo que haga, sin que las hijas de doña Mirian se den cuenta…
Sin embargo, a ella también le dejan medido lo de las cinco personas, la empleada, las tres hijas y el papá; es decir, está explícita e implícitamente prohibido brindarme a mí hasta un vaso con agua. Entonces la señora empleada parte su almuerzo y lo comparte conmigo y completamos con aguacates que yo llevo de mi casa. A mí me toca meterme al baño a almorzar para que las patronas, las tres hijas de doña Mirian, no se enteren que allí me dan comida. Así aguanté con ella como ocho meses.
Me genera Paz interior saber que durante el tiempo que me confían la responsabilidad de cuidar a esta sufrida paciente, cuento con la capacidad y la voluntad de hacerle un poco más livianas sus dificultades físicas. Eso me inspira orgullo y vanidad con absoluta humildad.
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