Un señor francés es el único extranjero que hace parte de mí ya larga historia laboral como cuidadora de pacientes a domicilio en los comienzos de mi ejercicio profesional. Don Henry vivía en Palmira con su esposa colombiana. Tenían un hijo, pero ya mayor y no vivía con ellos.
Don Henry era un tipo muy alto; se acostumbró a llamarme “mimi”; padecía una insuficiencia cardiaca, tenía que usar oxígeno artificial de manera permanente y entonces no podía caminar porque se ahogaba. A pesar de contar constantemente con la ayuda del tanque de oxígeno artificial a toda hora, también en todo momento estaba pidiendo aire por lo cual había que estarlo ventilando con un abanico de día y de noche. Tenía que bañarlo en la cama.
A la mujer no le gustaba ayudarme con él y él le tenía mucho miedo a ella. Cuando yo salía del cuarto por alguna circunstancia y ella entraba, don Henry empezaba a gritar:
·
MIMI, MIMI ESTA MUJER ME VA A MATAR,
VENGA NO ME DEJE SOLO CON ELLA…
Yo también aprendí a desconfiar de ella e inmediatamente dejaba lo que
estuviera haciendo y me regresaba al cuarto a protegerlo. Aunque reconozco que don Henry ya estaba
presentando un trastorno mental serio.
Y digo esto porque una vez cuando yo le estaba dando el desayuno, don Henry cogió un pedazo de pan y lo tiró contra la pared, entonces yo le dije:
· ¿Por qué bota la comida?, la comida no se bota…
· Yo no estoy botando la comida –me contestó inmediatamente don Henry- se la estoy dando a mi mamá…
Yo me quedé muda, obviamente que la mamá de don Henry había muerto hacía
ya muchos años. Otro día me quitó el
plato de la sopa y también la tiro a la pared.
Ya no le reproché sino que me puse a lavar la pared, cambiar la cama y
trapear.
Además de la desconfianza que don Henry sentía hacia su mujer y que infundió en mí, también con esta señora sucedieron cosas muy extrañas que de por sí sembraron en mí muchas dudas y desconfianza por ella.
Lo que pasó fue que un día que yo había cambiado el agua al tarro del tanque del oxígeno, una vez cerciorada de que el tarro había quedado correctamente instalado, fui al baño. Al momento empezaron los gritos de don Henry:
· MIMI, MIMI VENGA, CORRA QUE ESTA MUJER ME VA A MATAR…
Sinceramente salí del baño corriendo y cuando llegué al cuarto la señora estaba al lado del tanque del oxígeno con el tarro del agua en sus manos diciendo que este se había caído. Con mucha ira y desconfianza le arrebaté el tarro del agua de sus manos para instalarlo nuevamente… pero la rosca que entraba al tanque estaba, maliciosamente, quebrada. Yo pensé en ese momento, y aún hoy en día después de tantos años lo sigo pensando, que esa mujer fue la que dañó la tapa del tarro del agua del tanque del oxígeno para matar a don Henry. Era ya tarde ese día y como estábamos lejos del centro, entonces había que esperar hasta el otro día para comprar el repuesto del tarro del agua para el tanque del oxígeno.
Como no hubo manera de instalar el tarro del agua al tanque del oxígeno, el pobre hombre se quedó dormido sin oxígeno artificial. A la mujer lo único que se le ocurrió decir fue:
· Ahora solo falta que se muera por falta de oxígeno este viejo hijueputa…
Yo le tenía mucha desconfianza a ella y él, don Henry le tenía pánico. Debido al miedo que a don Henry le daba ver o sentir a su mujer cerca de él, este, don Henry, no me dejaba dormir; me llamaba toda la noche y en esta ocasión yo ya llevaba casi una semana sin dormir ni de noche ni de día.
Procurando estar más cerca de don Henry, yo colocaba un colchón en el piso al lado de su cama para recostarme aunque fuera a descansar por raticos, de tal manera que si alguien entraba al cuarto y se paraba al lado de la cama o del tanque del oxígeno yo me diera cuenta.
Este día yo me acosté como a las 11:30 de la noche, rendida; pero no me dejaba tranquila el pensar que esta señora entrara nuevamente al cuarto a matar a don Henry. A eso de las 4:30 de la madrugada el me llamó y me dijo:
· Mimi, acuésteme con usted en el colchón…
Como yo estaba tan cansada lo bajé al colchón para dormirme tranquila; él estiró el brazo hacía un lado y me dijo:
· Mimi, ponga su cabeza en mi brazo…
Así lo hice y caí profundamente dormida. Volví en mí a eso de las 6:30 de la mañana porque me despertaron los gritos de esa vieja que decía a todo pulmón:
· HENRY ESTÁ MUERTO, HENRY ESTÁ MUERTO…
Después de 25 años todavía me confundo entre si don Henry murió de manera natural o la mujer lo mató aprovechando que yo estaba dormida.
Así es que yo amanecí con un muerto a mi lado. Hasta que no le mandé a decir una misa no dejé de soñarme con él, que me decía:
· Mimi, sáqueme estos algodones de la nariz…