lunes, 13 de enero de 2025

 

 

CUIDADORA DE PACIENTES VI

 

Una paciente que recuerdo con un infinito cariño es a doña Ligia, a pesar de su agresividad.  Ella es una dama de la alta sociedad, fina y muy solidaria y caritativa.  Viuda desde muy joven, no tiene hijos; al morir su única hermana con el esposo en un accidente aéreo, mi paciente se dedica a criar a sus tres sobrinos huérfanos, hijos de esta pareja fallecida. Estos sobrinos son quienes se ocupan de doña Ligia en la actualidad; es decir, la casa, los negocios, pues ya ella, en edad muy avanzada, padece el mal de alzhéimer.

 

Yo trabajo interna en la casa de doña Ligia y me dedico únicamente a cuidarla y atenderla a ella.  Para las labores de la casa hay dispuesto otro personal.  Pese a que su estado de salud ya está tan deteriorado, tenemos una gran conexión que me da la oportunidad de brindarle a esta noble paciente el apoyo suficiente para sobrellevar sus alteraciones emocionales conservando su dignidad. 

 

Con doña Ligia hay que mantener la puerta de la casa con llave porque sino ella va saliendo a irse disque para su “casa”.  Muchas veces nos toca sacarla a media noche en el carro para ubicarla y hacerle creer que llegamos a su casa.  Pero después de unos cinco minutos, ya quiere volver a salir y que la lleven otra vez para su casa.

 

Para poderla bañar tengo que ponerme a regar las matas con una manguera y cuando ella pasa por ahí le echo agua, entonces ella se pone a llorar y toca consentirla cual niño para que se calme.

 

·         ¿Qué le pasa a mi niña? -le digo mimándola…-

·         Pues que esa estúpida me está echando agua con esa manguera -me contesta ella, porque ha olvidado que soy yo quien la está bañando. -

·         Pues ya que está mojadita -le digo yo-, ¿por qué no nos bañamos? -acepta, pero también yo me tengo que dejar bañar de ella, de lo contrario se enoja y no se deja bañar-.   

Y así, jugando, jugando es que puedo hacerla mañana sin tener que forzarla a ello.

 

Para que no se me salga del cuarto por la noche, me acuesto en un colchón en el suelo, all pie de su cama por si me quedo dormida y ella intenta levantarse, tropiece conmigo y me despierte. 

 

Doña Ligia se orina en la ropa cuando se enoja mucho y es muy agresiva.  Un día me agacho a cambiarle los interiores porque se ha orinado, entonces toma un teléfono que encuentra a la mano y me lo descarga con violencia en un hombro.  Hay que llevarla a misa todos los días.  La misa es a las siete de la mañana, pero ella se levanta desde las cuatro de la madrugada disque porque ya se va para la iglesia que es a media cuadra de la casa.  Algunas veces yo me quedo acostada en el colchón mientras ella da vueltas por el cuarto y cuando ya me levanto me doy cuenta que se ha echado esmalte para uñas en los labios porque ella cree que ese es el labial.  Me toca ponerme a quitarle eso antes de que se levanta la sobrina, con quien vive.

 

A doña Ligia toca darle hasta tres desayunos porque cuando se le olvida que ya ha desayunado, empieza a pedir y no hay otra forma de calmarla sino con más desayuno, de lo contrario empieza a gritar que la van a dejar morir de hambre.  Hay que estar pendiente de ella porque le da por revolver el café con el huevo y con el jugo.  Este show es de todos los días. 

 

Recuerdo que un sábado doña Ligia está muy alterada, la saco a dar una vuelta a la manzana, según mi intención, disque para que se calme.  Pero cuando volvemos a la casa se rehúsa a entrar, a juzgar por ella que, porque esa no es su casa, y es la misma casa de toda la vida.  Así es que me toca darle como seis vueltas a la manzana ya que está muy resistente.  

 

Otro día que también está muy alterada me la llevo a caminar un trayecto largo con el fin de cansarla y que cuando llegue a la casa se acueste a dormir, pero cuando ya caminamos unas quince cuadras, un kmto. y medio más o menos, procuro hacerla devolver, pero ella no quiere, todo lo contrario, sigue su camino y me hace caminar unos otros dos kmtos. más o menos; ella no se cansa y yo, en cambio ya no puedo dar un paso más; entre más rendida voy yo, ella va más tranquila y sosegada caminando más y más.  Es entonces cuando decido tomar un taxi para regresarla a casa porque caminando se me hace imposible, casi me arrepiento de haber tomado esta decisión.  Cuando pretendo subirla al taxi arma una gritería que el taxista sale corriendo, y así mismo sucede con unos cuatro taxistas más que no nos quieren llevar aquel día. Este show dura como dos horas, la gente pasa y nos miran con compasión, unos por ella y otros por mí de ver el lío tan verraco en el que estoy metida.  Hasta que por fin logro convencer a un taxista para que llame a la casa para poder que crea en mí y nos lleve porque le da por decir que yo la quiero matar.  De la única manera que puedo convencer a este taxista es contándole la historia de ese día, mostrándole mis pies hinchados y con peladuras de tanto caminar y haciéndolo hablar por teléfono con la patrona, la sobrina de doña Ligia con quien siempre ha vivido.  Entonces este ángel vestido de taxista se pone a hablarle con una dulzura muy noble a la señora y logra convencerla de que se suba al taxi porque él sí la va a” llevar a la casa”.   Este señor se gana tanto la confianza de mi paciente que cuando llegamos a la casa arma otro lío, ahora porque no se quiere bajar del taxi y de la ira que le da porque la van a bajar, se orina…  Qué pena con este señor, a él se le nota la rabia cuando ve el asiento de su carro mojado…  Sinceramente yo creo que después de veinte años, todavía debe estar arrepentido de haberme ayudado ese día con doña Ligia; de igual manera que yo todavía se lo estoy agradeciendo.  Bendiciones por montones para él donde quiera que se encuentre.  No recuerdo haberlo vuelto a ver. 

 

Ella siempre alcanza a hacer alguna diablura, por más pendiente que uno esté de ella.  Cuando menos se espera, se encuentran los cubiertos de la mesa en el refrigerador.  Hace buches cuando no se quiere tomar algún medicamento y lo bota.  Doña Ligia es mi máxima prueba para mantenerme presente y consciente.

 

En esta casa todos tenemos un momento muy difícil cuando la familia tiene que afrontar una amenaza de secuestro.   Al parecer nos tienen identificadas a nosotras dos, a doña Ligia y a mí… entonces ella en medio de su desvarío mental, percibe el problema y se pone muy agresiva; se enoja mucho porque no se puede sacar de la casa y al intentar salir ella sola encuentra la puerta con llave… llora y llora de la frustración hasta que al final se queda dormida.

 

Con doña Ligia estoy año y medio.  Me retiro por un motivo familiar maravilloso.  Como mi papá era ya de edad muy avanzada no se puede dejar solo, entonces me voy para mi casa a cuidarlo a él, mi paciente más amado.  Con él estoy hasta el 10 de septiembre de 2005 cuando falleció.

martes, 2 de julio de 2024

CUIDADORA DE PACIENTES V

Imágenes de Enfermera Anciana - Descarga gratuita en Freepik

 

Uno de los casos más difíciles que me ha tocado lidiar durante mi carrera profesional es el de doña Mirian. Lo llamo un “caso difícil” por las condiciones físicas de esta queridísima paciente.  Doña Mirian vive con el esposo, tienen tres hijas. Ella permanece en la cama, sin movimiento autónomo; me toca cambiarla de posición cada dos horas para que no se le vayan a hacer llagas o peladuras en la piel.  Sus seres queridos más cercanos aguantan la dolorosa impotencia de no tener la manera de menguar un poco su sufrimiento físico derivado de su cruel enfermedad.

La familia dice que doña Mirian no escucha, pero yo estoy segura de que sí escucha porque cuando llego y saludo, ella empieza como a pujar, sin haberme visto porque ya no ve, y apenas entro a su cuarto y la saludo, intenta hacer un esfuerzo por sonreír; entonces le cambio el pañal y se queda totalmente tranquila.

Doña Mirian sufre un tumor cerebral y, debido a este, ya se encuentra en estado vegetativo.  Ya hay que alimentarla por sonda; al igual que las medicinas, todas se muelen bien hasta pulverizarlas prácticamente, y con una jeringa con algo de agua se le dan, porque ella no puede recibirlo por su cuenta; hay que sentarla en la cama para pasarle alimentos y medicinas muy despacito porque sino le produce vómito y diarrea; este procedimiento de pasarle cualquier alimento tarda más o menos una hora y media, desayuno, almuerzo, comida, etc.  Esta sonda hay que cuidarla mucho porque con un pedacito de cualquier cosa o con una pepa de alguna fruta que se le vaya, por pequeño que sea, se le obstruye.

Es muy engorroso por lo delicado.  Sin contar con que durante el día hay que estarle pasando muchos medicamentos para medio ayudarle a sobrellevar los pocos restos de vida que aún le quedan.  Muy doloroso ha sido el final de esta vida que, en sus últimos días, cuenta con tanto y tanto cariño por parte de su esposo e hijas.  No sé antes cómo haya sido.   

Yo estoy sola durante todo el día con doña Mirian porque el esposo sale a trabajar y las hijas para la universidad, por la noche me quedo a dormir donde mi tía que vive cerca a la casa donde trabajo, y el día domingo es mi descanso y me voy para mi casa en el pueblo cercano.  A pesar de las angustiosas circunstancias de mi inolvidable paciente, para mí es muy satisfactorio percibir su cariño y aceptación desde el mismo día que llego a hacerme cargo de ella. 

Una noche me llaman las hijas de doña Mirian porque se le ha obstruido la sonda y toca cambiarla y, claro está ellas no saben qué hacer. Esto de pasar la sonda es algo del manejo médico estrictamente, yo no sé si hoy en día el personal de auxiliares está capacitado para esto; en consecuencia, este procedimiento es algo que yo no he realizado nunca antes. Pero siempre hay una primera vez para todo en esta vida y esta vez me toca, me toca pasarle la sonda a doña Mirian. ¡Qué gran logro profesional! es esto para mí en aquel momento. Gracias a Dios le puedo pasar esa sonda yo solita.  Esto significa para mí orgullo y vanidad profesional que expreso con humildad y agradecimiento. 

Una noche que salgo de trabajar, tomo el bus y me voy para donde mi tía a dormir, me desconcentro y me bajo dos cuadras antes de la llegada y me pierdo. Estoy dos horas perdida, dando vueltas por tres mangones; no sé ni cómo llego donde mi tía, quien ya está bastante preocupada.  Por fortuna y aunque sola, puedo llegar sin mayor contratiempo que este inconveniente. 

De todas las casas en donde trabajo como cuidadora de pacientes durante treinta años más o menos, es aquí donde doña Mirian, la única parte donde no me brindan alimento alguno, ni un café, ni un jugo siquiera. Me toca salir a almorzar a la calle y llevar algún refrigerio o algún líquido que desee o acostumbre consumir.  Esto es muy raro, tanto que a lo largo de mi vida laboral tan solo me sucede aquí, no sé por qué, pero esa es la norma de este hogar.  La empleada de la casa para aquellos tiempos, intentaba colaborarme, pero es muy controlada; le entregan las porciones medidas y contadas según los miembros de la familia más la de la empleada. 

Como a los cinco meses de estar trabajando al cuidado de doña Mirian, cambian a la empleada doméstica y entonces la señora nueva me dice:

·         No mija, no salga a comprar almuerzo que yo le guardo de lo que haga, sin que las hijas de doña Mirian se den cuenta…

Sin embargo, a ella también le dejan medido lo de las cinco personas, la empleada, las tres hijas y el papá; es decir, está explícita e implícitamente prohibido brindarme a mí hasta un vaso con agua. Entonces la señora empleada parte su almuerzo y lo comparte conmigo y completamos con aguacates que yo llevo de mi casa. A mí me toca meterme al baño a almorzar para que las patronas, las tres hijas de doña Mirian, no se enteren que allí me dan comida. Así aguanté con ella como ocho meses.

Me genera Paz interior saber que durante el tiempo que me confían la responsabilidad de cuidar a esta sufrida paciente, cuento con la capacidad y la voluntad de hacerle un poco más livianas sus dificultades físicas.  Eso me inspira orgullo y vanidad con absoluta humildad.