CUIDADORA DE PACIENTES X
Don Julio ha sido uno de los primeros pacientes que atiendo al empezar a desempeñarme como cuidadora de pacientes. Aunque para ese entonces no está muy anciano, pues solo tiene unos sesenta años de edad, su capacidad física sí está bastante disminuida a raíz de una trombosis que ha dejado su cuerpo con muy poco movimiento. Por fortuna, tiene una familia muy consciente de la dificultad de mi trabajo y me colabora mucho sobre todo al levantarlo de la cama y arreglarlo para sus labores cotidianas, ya que él, a duras penas se arrastra; aunque así, arrastrando los pies y apoyado en su bastón, es mucho lo que él se ayuda para su movimiento. Su voluntad para no quedarse tirado en la cama es admirable. Jamás le escucho quejarse por su dificultad física, todo lo contrario, en medio de bromas y burlas de sí mismo, busca alternativas y diferentes apoyos para levantarse y movilizarse en la medida de sus escazas posibilidades.
A pesar de su notoria disminución física, don Julio es reflejo y espejo del campesino que hace de su trabajo su mayor diversión, esperando que el campo también sea su lecho de muerte y, de todas maneras, todos los días madruga para ir a la finca a ver qué se necesita para cultivos y animales, y, aunque sea tan solo para ordenar y dirigir, pero no quedarse acostado en la cama día y noche.
Un buen día vamos a la finca muy temprano: don Julio, el conductor de la camioneta y yo; a eso de las nueve de la mañana, salimos para el centro de la ciudad a hacer las compras y algunas diligencias. Entonces, el motorista parquea la camioneta en plena calle, cerca al supermercado y entra al almacén, mientras don Julio y yo nos quedamos en el carro esperándolo. A los pocos minutos se acerca un agente de policía de tránsito, luego de saludar nos dice:
· ‘su vehículo se encuentra parqueado en zona prohibida para ello. Por favor, retírelo de aquí’.
Yo, muy asustada le contesto:
· ‘No señor agente, ya nos vamos, estamos esperando al conductor, quien está haciendo una diligencia y no demora; denos unos minuticos ¡Por favor!, que ya nos retiramos’.
El agente insiste:
· ‘Debe retirar el vehículo de aquí o de lo contrario, tenemos que inmovilizarlo’.
En ese momento me pongo muy nerviosa y le hago saber al policía:
· ‘Mire agente, es que yo no sé manejar y, como usted puede observar, el señor está enfermo y tampoco está en condiciones de conducir el vehículo. ¡Por favor!’.
En aquellos tiempos, no tan lejanos de estos, pero sí muy distintos de hoy, no existe la facilidad que ofrecen las comunicaciones modernas con celulares y redes sociales etc. entonces hay que esperar a que el motorista regrese del supermercado con las compras.
El agente sólo atina a decir:
· ‘Entonces debo inmovilizar el vehículo’.
Sin embargo, ante mi enorme sorpresa, don Julio, como siempre muy amable y respetuoso de la ley y la autoridad, con una calma pasmosa acepta la sugerencia del representante del orden, y le dice:
· ‘De inmediato lo movemos, señor agente’.
Miro aterrada a mi paciente, pues él no puede mover el carro por su disminución física y yo tampoco lo puedo correr porque no sé cómo hacerlo. Al observar mi nerviosismo y con la mayor naturalidad del mundo, don Julio me dice:
· ‘Tranquila mija, mueva el carro, yo la voy guiando. Hágale; eso es muy fácil, solo haga lo que yo le voy diciendo’.
Sin otra alternativa y con la premura de la situación, acepto el reto porque es mayor la confianza y seguridad de mi paciente en mí que la incertidumbre e ignorancia mía sobre el tema.
Con autoridad y sutileza, don Julio me dice:
· ‘Gire esa llavecita para que prenda el carro; (señalando con la boca) esa es la perilla de cambios, llévela hacia adelante y luego hacia atrás y déjela ahí donde dice ‘primera’; -con su mano izquierda me indica cuál es el acelerador- hunda el acelerador muy despacio, porque sólo necesitamos mover el carro; lleve el volante derecho, contrólelo usted, sin dejarse torcer los brazos’.
A pesar de mis nervios alterados, puedo hacer lo que don Julio me indica. Mientras muevo el carro, don Julio me dice:
· ‘Mueva el volante a la derecha’. -Porque, inconscientemente y debido al nerviosismo, lo estoy llevando a la izquierda, sin darme cuenta-.
Pero ¡al fin! logro mover la camioneta unos cinco metros. Demasiado para mí porque es algo que jamás he hecho.
Gratos recuerdos de extraordinarias personas que hacen parte de mi historia laboral. Eterna gratitud.
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